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Me dormí enfadada.
Lo primero es que estuve casi hasta la 1 leyendo en el frenesí del final, ya sabiendo lo que venía, oliéndome ese cambio desde que Lucrezia se comparó con Emilia, casi ansiándolo porque, después de conocer tanto a la nueva duquesa de Ferrara, no me veía capaz de verla en el futuro que se le veía encima, incluso a costa de la dulce hermana de leche que la cuidaba con tanto cariño, tanto cuidado.
Cuando terminé leí las notas de la autora, lo que pasó con Isabella y su prima, y pensé en cuántas más niñas y mujeres acabaron muertas a manos de sus maridos porque no les daban herederos, porque se cansaban de ellas, porque querían otro matrimonio y otra dote. Que rabia, que dolor, incluso a pesar del espejismo del final "feliz".
Hay algo tan dulce, tan visual en cómo está escrito que te hace meterte dentro de la narrativa desde el principio. Empecé la lectura en un tren sin saber de qué iba y al ver la época y situación quise renunciar, pero las horas muertas del viaje me hicieron seguir y enseguida acabé devorando capítulo tras capítulo.
Aromas, texturas, colores, luz... Es precioso como se describen las escenas, como Lucrezia aborda el mundo desde su intención de pintarlo, de entenderlo, de darle forma. Todo se hila para crear el personaje, la humanidad de Lucrezia y su alrededor, que acabas llena de cariño por ella y viéndote en su curiosidad y rebeldía.
Ojalá poder expresarme la mitad de bien que lo hace Maggie O'Farrell.
Lo que hace Maggie O’Farrell al escribir es pictórico, es musical, es cinematográfico, es químico, es sin duda mágico.
He disfrutado cada página atrapada entre palabras. Te lleva en un vaivén de sentimientos del que es imposible escapar.
Maggie es simplemente necesaria.