La lámpara (1946) es la segunda novela de Clarice Lispector y, como el objeto que lleva por título, deslumbra hasta cegar, a la vez ilumina aspectos cruciales de la narrativa de la siempre personalísima autora brasileña. Reducido a su núcleo esencial, el texto cuenta la historia de un probable incesto —el de los hermanos Virgínia y Daniel— y de una soledad segura, la de ella, que con su aislamiento distorsiona todas las formas de lo real, enfrentándose y enfrentándonos a la evidencia de la fragilidad de nuestra manera de relacionarnos con los demás y con el mundo. Porque la mirada de Virgínia no hace concesiones y penetra hasta esos rincones del yo que los adultos convenimos desde siempre en ocultar. Por eso, cuando llega el sorprendente y rápido desenlace de la trama, todos asentimos al unísono, comprendiendo de inmediato que era el único final posible.(Biblioteca Clarice Lispector)
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De Clarice siempre me han hablado con palabras llenas de sensibilidad, así que siempre he esperado un momento idóneo para poder dedicarle el 100% de mi concentración, con tal de que ninguna de sus letras escape a mi entendimiento, a mi sentir. Cuando empecé «La lámpara» y leí su primera frase: «Ella sería fluida durante toda su vida», supe que me encontraba ante aguas profundas que requerían todo de mí, porque desde ese inicio ya vibrábamos en una sintonía similar.
No es una lectura fácil, porque requiere de una comprensión que va más allá de un libro ligero que pone el peso en diálogos simples y que van al grano. Virginia rodea su vida de un hálito de actos y vida ligera a la que no podemos aferrarnos, sólo dejarnos llevar por su ímpetu y sus corrientes.